“Bienvenido a Vilmora”
Hay lugares que te piensan antes de que los conozcas. Vilmora fue uno de ellos.
Apenas crucé el arco herrumbroso que marcaba su entrada, sentí que algo me reconocía. La lluvia caía con una intensidad antigua, como si hubiera estado esperando justo este momento para soltarse. Cada gota parecía arrastrar un eco, un recuerdo que no era mío, pero que me resultaba insoportablemente cercano.
Las casas, inclinadas y apagadas, parecían encogerse bajo un peso invisible. No vi a nadie en las calles, pero percibí miradas, como si los muros tuvieran ojos. Y sin embargo, nada me resultaba ajeno. Cada rincón me era familiar de una forma inquietante: los pasajes, las curvas del empedrado, incluso el olor a humedad mezclado con papel viejo. Como si lo hubiera recorrido cada día en un sueño que olvidé al despertar.
No sé si estaba llegando… o volviendo.
Viaje hasta acá buscando a Mariela. Una psiquiatra brillante, pero también colega y amiga enviada semanas antes que yo para investigar un brote de lo que el ministerio llamaba “síndrome disociativo colectivo”. Palabras vacías para algo que nadie entendía. Mariela dejó de responder mis mensajes hace una semana, y el último correo que me envió tenía solo una frase: “Si ves mi nombre en un libro, no lo abras.”
La mujer de la pensión me miró como si ya supiera quién era. Me entregó una llave sin decir palabra y señaló el segundo piso. No le dije a quién venía a buscar, pero cuando estaba por subir las escaleras, murmuró algo sin mirarme:
—La doctora… la que vino antes… no volvió a salir. Como todos.
Dormí mal esa noche.
Soñé con estanterías infinitas que se estiraban en todas direcciones, envueltas en una penumbra espesa. No había títulos en los lomos, solo cubiertas apagadas, gastadas por manos que no recordaba. Algunos libros tenían manchas, otros parecían recién abiertos. En uno de ellos, vi algo que me heló la sangre: mi rostro impreso en la tapa.
Me acerqué. Dudé. En la portada, escrito a mano, apenas visible entre líneas de polvo, alguien había garabateado: “No lo abras.”
Miré a mi alrededor. Otros libros también llevaban advertencias: “No lo leas.” “No pienses esto.” “No es para vos.”
Y sin embargo, lo abrí.
Las páginas estaban llenas de frases sueltas, pensamientos que reconocí como míos… pero que aún no había pensado. Era como si el libro estuviera adelantado a mí. Como si supiera lo que iba a ser antes de que yo lo descubriera.
Me desperté temblando.
La lluvia no se detuvo al día siguiente. En el dispensario me atendió una enfermera con los ojos hinchados y la voz temblorosa. Le pregunté por Mariela. Frunció el ceño, hizo como si buscara en su memoria… y luego simplemente negó con la cabeza.
—No recuerdo a nadie con ese nombre. Lo siento.
La misma reacción tuve del resto del pueblo. Negación, o algo peor: ausencia de reconocimiento. Como si nunca hubiera existido.
En el archivo encontré su letra. Una ficha clínica: Juan Acuña, 34 años. Episodios de confusión, disociación, alucinaciones auditivas. La nota de Mariela al pie del informe me heló la sangre:
“Insiste en que existe una biblioteca donde se registran los pensamientos antes de pensarlos. Dice que leyó el final de su vida, pero no puede recordar cómo empezó.”
Esa noche me senté en el borde de la cama, frente al espejo. Me observé durante minutos. Tenía la sensación de estar usando una cara que no era del todo mía. Me dije el nombre en voz baja, Pablo Castro, pero la voz sonó ajena. Un eco de otra garganta.
Y entonces vi el papel, doblado junto a la lámpara, como si siempre hubiera estado ahí.
“No leas tu nombre. No entres si escuchás tu voz.”
La letra era de Mariela.
Ese fue el momento en que algo cambió. No en el mundo, sino en mí. Sentí que la historia ya estaba en curso, que yo era parte de algo que se venía escribiendo desde antes de llegar.
Y que alguien—o algo—me estaba leyendo.
Los días siguientes se disolvieron en una niebla espesa de silencio y repeticiones. Caminaba por las mismas calles empedradas, pero cada vez parecían distintas. A veces las casas tenían más ventanas. A veces, menos. A veces sentía que alguien me seguía. O peor: que alguien me precedía y dejaba huellas mías.
En el consultorio del centro médico, revisé más expedientes. Todos los casos hablaban de lo mismo: pérdida de identidad, confusión temporal, voces internas que no podían silenciar. Algunos escribían palabras en hojas sueltas que no recordaban haber escrito. Otros dibujaban bibliotecas.
Yo empecé a escucharlo también. No una voz exactamente, sino una especie de susurro detrás de mis pensamientos. Como si alguien más también estuviera pensando conmigo. O por mí.
Una noche, el sueño volvió. Esta vez no era solo un pasillo de libros. Era una sala circular, gigantesca, con estantes que giraban en silencio por sí mismos. Y en el centro, un atril de piedra. Sobre él, un solo libro. Mi nombre grabado en la tapa.
Pablo Castro.
Y debajo: “Capítulo Siete: La revelación.”
Me desperté con la respiración entrecortada. Tenía la boca seca y la certeza de que, si no encontraba ese lugar, iba a enloquecer. O peor: iba a seguir leyendo fragmentos de mi mente en sueños hasta que ya no supiera cuál era el verdadero.
Fue el viejo del faro quien me habló por primera vez sin rodeos. Lo encontré en la plaza, sentado en un banco bajo la lluvia.
—Ya escuchaste tu voz, ¿verdad?
No supe qué responder.
—Todos terminan ahí, tarde o temprano —dijo sin mirarme—. La biblioteca no está en ningún lugar... pero hay sitios donde es más fácil tropezar con ella. Vilmora es uno.
—¿Cómo se llega?
—No se llega. Se cae. Está en algún lugar de tus pensamientos...
Parpadeé, y el hombre ya no estaba.
No escuché la puerta. No sentí el más mínimo movimiento. Simplemente… dejó de estar. Me encontré solo, sentado pero esta vez en el borde de la cama, con las manos sudadas y el corazón latiendo como si algo acabara de terminar… o de empezar.
Cerré los ojos por un instante. Solo uno.
Y caí.
No supe si me levanté por voluntad propia o si algo me arrastró desde dentro, como si un hilo invisible tirara desde lo más profundo de mi pecho. Crucé la habitación sin entender cómo, y antes de que pudiera preguntarme qué estaba haciendo, ya estaba frente a la puerta del sótano. La vieja madera crujió al abrirse sola, dejando escapar un aliento denso de humedad y polvo ancestral.
Bajé, paso a paso, entre sombras que parecían cerrarse detrás de mí. Al fondo, la oscuridad respiraba.
Y entonces la vi.
La biblioteca.
No era un lugar. Era un estado.
Una vasta sala sin paredes, sin techo, suspendida en una oscuridad sin fondo. Las estanterías flotaban como si el tiempo no tuviera peso. Miles de libros, millones. Todos sin título. Hasta que vi uno. El mío.
Me acerqué. Estaba abierto en una página que aún no había vivido. Decía:
“Cuando Pablo lea esta línea, sabrá que ya es parte del libro.”
Sentí un golpe seco en la nuca. Pero nadie me había tocado.
“Duda si seguir leyendo. Pero ya no tiene opción. Leer es recordar lo que otros han olvidado.”
Me detuve. La tinta parecía fresca, como si el pensamiento acabara de ser escrito por una mano invisible. Fui a pasar la página… y me corté. Una delgada línea roja cruzó mi dedo. El dolor fue agudo, punzante, demasiado nítido para un sueño. La sangre cayó sobre el papel.
El libro la absorbió. Literalmente.
La mancha no se expandió ni goteó: la página la bebió como si fuera tinta. Al instante, otra línea apareció justo encima de la mancha:
“Ahora ya no sos lector. Sos parte del texto.”
Tragué saliva. Volví la vista al entorno. Era inmenso… y sin embargo íntimo. Los libros latían, como si tuvieran pulso. Podía escuchar pensamientos sueltos, disueltos en el aire, como si cada tomo respirara.
—“Yo no soy yo” —murmuraba uno.
—“Nunca salí del útero” —susurraba otro.
—“Esto es un sueño sin soñador” —repetía uno más, cada vez más cerca, hasta que su eco fue mi propio pensamiento.
Y sin saber por qué, me dolía el pecho. Como si algo dentro de mí estuviera siendo leído. Como si cada página que pasaba borrara una parte mía para dejarla en ese papel.
Y seguí leyendo el mío.
“Pablo se preguntó si alguna vez existió fuera del papel. Si cada decisión que tomó no fue ya escrita. Si Mariela no fue solo una nota al pie en su historia.”
Vi su libro también. El lomo era más fino. Lo abrí. Solo tenía cinco capítulos. El último estaba incompleto. Solo decía:
“Se convirtió en advertencia. Luego, en eco.”
Escuché pasos detrás de mí. No quise voltear.
Entonces lo supe. No se trataba de olvidar, sino de ser olvidado. De ser reemplazado lentamente por lo que se lee. Porque cada pensamiento que tomás prestado de estas páginas… borra uno tuyo.
Cerré el libro.
Y me desperté.
Estaba en la pensión. Vestido. Las botas aún mojadas. La lámpara seguía encendida.
Pero no recordaba haber subido. No sabía cuánto tiempo había pasado allá abajo —si es que había un "abajo". Solo quedaba la cicatriz en mi dedo, tibia todavía, como prueba muda de que aquello no había sido un sueño. O, al menos, no solo un sueño.
Quise escribir todo esto. Dejarlo por escrito. A modo de advertencia, quizás.
Pero al abrir el cuaderno... ya estaba escrito.
Página por página. Con mi letra. Incluso este último párrafo.
Incluso la cortadura en mi dedo.
Y al final, una frase que no recuerdo haber pensado:
“Cuando el lector llegue aquí, sabrá que no era Pablo quien contaba esta historia. Era el libro.”
Desde aquella noche no volví a soñar. O tal vez sí, pero los sueños ya no se diferencian del resto.
Intenté irme de Vilmora. Lo juro. Hice las valijas. Caminé hasta el ómnibus que, según el cartel, pasaba cada jueves a las seis. Esperé. Las seis llegaron. Las seis pasaron. El ómnibus no vino.
Volví a pie. El pueblo me pareció distinto. Las casas ya no tenían puertas. La plaza tenía una estatua que no recordaba, y en la base tallado un nombre: Pablo Castro.
Pensé en la biblioteca. Pensé en cerrar el libro. En olvidar lo que vi. Pero las palabras seguían apareciendo. No en páginas, sino en el mundo. En los carteles, en los murmullos, en las grietas del suelo. Frases como: “No niegues lo que es.”
¿Quién escribe esto? ¿Quién lo piensa? ¿Soy yo?
Hoy encontré un nuevo libro. No tenía mi nombre. Tenía el tuyo.
Sí, el tuyo.
No me preguntes cómo lo sé. Está acá, frente a mí. Las tapas aún están calientes, como si alguien acabara de cerrarlo. Lo abrí. Te juro que lo abrí.
Y ahí estaba esta historia. Toda. Desde el principio. Desde que llegué a Vilmora, desde que leí el nombre en la portada.
Estás leyendo tu propio pensamiento.
O tal vez sos vos quien me está escribiendo. Tal vez esta historia se escribe a sí misma como si la lectura fuera el acto de atraparse en las palabras, de ceder una parte de uno al relato.
Quizás no estás fuera de la historia. Quizás nunca estuviste fuera.
Cerrá el libro!!.
Cerralo ahora, si todavía podés.
Antes de que empiece a escribirte desde adentro.
Minchs Yemina
Buenos Aires, Argentina
